domingo, 16 de noviembre de 2008

Estimado amigo

Oí el eco de tus palabras,
pero quise olvidar lo que decías,
me sentía herida
como madrugada sin luna
y sin saber que entraba
en preparadas jugadas
seguí con mala fortuna
queriendo ganar batallas.
El reloj daba la una,
escuché una campanada,
era tarde, estaba cercano el alba
y brotó toda mi alma
con esos viejos desaires
que alguien bien conocía
y que tras sombras, silencios,
iban aumentando esa agonía
que en aletargados intentos,
maldita y cruel ironía,
me hacían caer en la trampa
de mi propia pesadilla.
Hice un nudo en los hilos
de esa lucha perdida,
sangre del alma brotó
al observar tu herida
que hiciera mi corazón…
cuando tanto te quería.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Orilla de espuma blanca

Orilla de espuma blanca,
las aguas están tranquilas,
entre reflejos de oro y plata.
Atardeceres de otoño
que en bonitas pinceladas
quieren sobre la mar
tu melena dibujarla.
Y el atardecer rojizo
reflejado en mar en calma
quiso así conseguirlo
poniendo belleza y alma.
Las olas vienen y van
en la tarde sosegada,
una sirena se acerca
a saludar a una barca,
extendida su melena
sobre su desnuda espalda
cubre de destellos rojos
la superficie del agua.
La tarde junto a esa orilla
es digna de ser admirada,
goza de brisa limpia
y de tu dulce mirada.
Orilla de espuma blanca,
altamar de arco iris,
ilusiones, pinceladas…
ya se gesta la vida
en estrellas reflejadas,
la luna será madrina
cuando amanezca mañana.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Inundación de 1973

El viento frío y húmedo traspasaba la ropa dejando una sensación de tener alfileres clavados en la piel. Era uno de esos días en que la mejor opción es no salir de casa. Los meteorólogos habían anunciado fuertes lluvias y un descenso abrupto de temperaturas. Como casi siempre venía sucediendo en las últimas predicciones, se tenía la esperanza de que pudiesen equivocarse.

La abuela, sobre el quicio de la puerta, miró hacia arriba y observó un cielo encapotado. Las nubes eran densas y un gris plomizo ocultaba al rey astro. Puede que lloviera aunque la sierra de Almagro aun no llevaba montera. Ella siempre había repetido lo que de sus antepasados tantas veces había escuchado: “cuando Sierra Almagrera lleva montera llueve, quiera Dios o no quiera”. La montera son nubes bajas que coronan, sin dejar ver, la cima de la descarnada y seca sierra, dejando el resto de ella en un desnudo pulcro y frío en la lejanía, tras un velo de color de opaca plata sórdida y enmudecida por la carencia del brillo de los rayos solares.

“Que no vuelva a rugir el río con fiereza desbocada”, suplicaba la anciana en silencio. Recordaba el mar de lágrimas derramadas cuando antaño el río se desbordaba y se llevaba todo lo que cogía en medio de sus turbulentas y enfurecidas aguas. No era miedo, era pánico lo que se apoderaba de las almas de los agricultores. Toda su vida, todo su esfuerzo y lucha quedaban a la merced del tiempo en solo cuestión de segundos. El río siempre toma lo que es suyo.

“Es la ley de la naturaleza la que se impone”- pensaba mientras se asomaba al cerco de alambrado espinoso que separaba la era del precipicio. No muy lejos se divisaba el lecho del río. El ruido sórdido del transcurrir de las escasas aguas, era como las sosegadas lágrimas de la esperanza ante un presente donde acecha la amenaza de un juicio natural por recobrar lo que poco a poco la agonía del hombre ha ido robando.

Se dirigió hacia el interior del hogar donde se expandía el olor a chimenea con vida. Atizó el fuego con soplos llenos de inusitada resignación. La llama roja desprendía destellos iluminando una cocina, recientemente blanqueada con cal, de diversas tonalidades de rojos, azules y amarillos. La gama de colores era diversa.

Acercó las manos frías a la chimenea en un intento de recobrar el calor perdido y paliar la sensación gélida que le embargaba. Estaba sola y preocupada. Sus pensamientos fueron sacudidos por la riada de 1973. Aún, después de pasado tanto tiempo, podía recordarlo. Sintió un escalofrío y comprobó que se le erizaba el vello del cuerpo. El río comenzó a crecer lentamente hasta llegar a lamer los troncos de los árboles frutales. En pocos minutos pudo comprobar como el agua seguía subiendo de nivel acompañado de un feroz estruendo de sonidos extraños causados por los tumultuosos remolinos. El río se sentía furioso y no desistía en su empeño de seguir ganando terreno. Tenía prisa por llegar al mar y descargarse de toda la mercancía que recogía a su paso. Arrastraba coches, utensilios de labranza y otras cosas que no llegaba a divisar porque de ella se apoderó un pánico que solo le permitía observar con la mirada perdida.

El cielo se iba oscureciendo y las gotas de agua se convirtieron en una espesa cortina que abrazaba al entorno. Cogió otro paraguas, se cubrió con un impermeable y enfundó, hasta casi las rodillas, sus pies en unas botas negras de agua. Estaba dispuesta a bajar la cuesta y llegar hasta la carretera para reunirse con su nieta, única niña que crecía en el pago, y el resto de los vecinos.

Entre los sonidos de las turbulentas aguas escuchó voces con las que estaba familiarizada… se repetían en forma de eco. Miró a su alrededor, no se veía nada. Cruzó la era con paso firme y decidido y siguió descendiendo. Ya no se veía la carretera, el agua había empezado a subir y el huerto, un poco mas abajo, estaba luchando por seguir en pie contra un fuerte oleaje. Avanzó un poco más. Algo se movía entre las aguas. Pensó que podía ser algún animal y se dispuso a retroceder. Por mucho que aumentara el caudal del enfurecido río ella estaría a salvo. Nunca podría alcanzar la altura de la era. Tenía miedo, mucho miedo.

Unas voces le hicieron volver sobre sus pasos. Los gritos venían de ese camino que ella había decidido no pasar. Dirigió la vista hacia atrás y pudo ver una sombra que portando algo en brazos corría, dirigiéndose hacia ella, tambaleándose. Era una persona la que pedía ayuda. Se armó de valentía y salió a su encuentro, despojándose de todos sus miedos, con la intención de prestarle ayuda. Cerca, pudo ver que se trataba de su suegra. Una mujer valiente y menuda que a sus ochenta y cuatro años aún tenía agallas para seguir luchando contra las adversidades de la vida. Llevaba a su biznieta de cinco años sobre su regazo. Ella le quitó a la niña y dando su mano a la anciana corrieron por la cuesta, huyendo de la subida de las aguas, para refugiarse en el hogar que sin pertenecerles en propiedad le habían dado identidad.

Divisaron entre el aguacero, la edificación de dos plantas y ventanales grandes. Cuando llegaron a la puerta se encontraron con varias personas que habitaban en la zona de la carretera. Abrió la puerta y, después de despojarse de las ropas mojadas y cubrir sus cuerpos con otras mas cálidas, se colocaron alrededor de la gran chimenea donde ardían aún los troncos. La habitación estaba caldeada. Fueron llegando más vecinos.

Todas las personas hablaban de la furia del río y de las pérdidas que tendrían cuando el caudal amainara. Se habían salvado cruzando por los montes, solo la anciana cruzó la carretera y subió la cuesta desafiando la crecida en tiempo al Almanzora.

Fueron tiempos duros. Las pérdidas fueron incalculables, no tanto por su valoración monetaria sino porque esas gentes perdieron lo poco que poseían. Meses mas tarde la bisabuela murió con los recuerdos lesionados, sufrió enajenación mental heredada por el impacto. Ella, que siempre afirmaba con convencimiento, que no quiso cruzar el charco, refiriéndose a la mar, para reunirse con la persona que amaba tuvo que cruzar el río enfurecido. En su lecho de muerte repetía: el río Almanzora se convirtió en charco para tragarme. No se la tragó el río, no pudo con ella. Nadie pudo someterla nunca a caprichos de voluntades.

Los recuerdos de la anciana se centralizaron en ese día. La sombra de su suegra comenzó a tener forma real en su memoria. Salió de su pensamiento cuando escuchó el ruido de un motor que provenía de la cuesta. De pronto todo se hizo silencio y una adolescente de pelo lacio, castaño oscuro y que exhibía un mechón pelirrojo, muy natural, empujó la puerta entornada. En tres zancadas entró en la cocina y de soslayo dirigió una mirada hacia el dormitorio de la bisabuela. Sus ojos eran reflejos ocultos de ese fuego que mantenía la tan amada chimenea.

“Hola abuela, he venido con papá. El río parece que volverá a rugir”- Dijo en un tono que intentaba restar importancia a los devaneos de la naturaleza.

¿Qué conservas de la bisabuela?- preguntó la anciana. Conocía muy bien a esa niña larguirucha que bailaba delante del espejo del armario del dormitorio del cortijo de arriba. Esa niña ya no acudía diariamente a la orilla del río pero llevaba a su cuenca en la sangre. Conocía sus historias contadas a la luz de la flameante chimenea. Esa adolescente era una esponja de silencios donde las travesuras le daban cierto toque de diferencia. La abuela la quería y se sentía amada por ella.

“Un pañuelo, un cuadro y una herradura, pero lo que mas conservo son sus recuerdos. Siento el olor a salaos y cómo al escurrirlos queman la palma de mi mano. Era una mano pequeña ¿lo recuerdas?”- se miró las manos, habían crecido. Sus dedos eran como brotes de espárragos en días lluviosos. Cerró los ojos y sintió la presencia de esa anciana que tantas historias reales de su pasado como transmitidas le contara. Escuchó su voz, percibió su aroma. Sobre la repisa de la chimenea, encima de las tazas y platos de café, pudo ver unos ojos azules de azul de cielo en un día de verano. Le miraban fijamente y en la alacena que flanqueaba la chimenea una sonrisa etérea juntaba los labios finos en mueca. Le brindaban un tibio beso.

martes, 11 de noviembre de 2008

Día de San Martín

A cada cerdo le llega,
dicen, que su San Martín
hoy que es día de santo
lo celebro desde aquí
mientras ando recordando
las matanzas que viví.

Olor a cebolla cocida
sobre las ascuas de fuego
hirviendo está la caldera
y el cerdo está gruñendo
sobre mesa de madera,
se desangra a ritmo lento
y viene a caer su sangre
sobre un limpio barreño
para hacer esas morcillas
que muy gustosos comemos.

Cierro los ojos y veo
amenazante recuerdo,
el cerdo pataleaba
hasta quedarse muy quieto
y sobre su piel, su pelo,
rasuradora, navaja,
deja su piel muy limpia,
como la plata brillaba.

Las cuerdas penden del techo
sujetando unas trabas,
el cerdo en canal está abierto
las tripas están lavadas
con limón de limonero.

Olor por toda la estancia
de sangre, olor a cerdo,
y sobre las avivadas ascuas
la magra bajo los hierros
desprende olor a matanza
a chicharrones, a almuerzo.

Magra cruda, bien cortada,
se mezcla con pimentón,
una mitad con picante
y la otra con guindilla no.

Hoy día de San Martín,
matanzas no quiero yo,
a mi me queda el rescoldo
de ese cerdo que gimió
e inundaba al pago entero
en ecos de gran dolor.

domingo, 9 de noviembre de 2008

trasmana una jarra

Viajando por Internet
en viaje me he sumergido,
he visto resquebrajarse
una jarra de cuatro picos.

Si los picos se le han roto,
la jarra ya no es tan jarra,
dice que mira las nubes
con caras desdibujadas
y que con gran dignidad
la terrera ya se alza
sobre la cuenca del río
que abrazara a su infancia.

Que triste está la ribera,
que triste el pensamiento anda,
naranjos y limoneros,
jazmines de blanco plata
danzan sobre la arena
bailando música clásica.

En el cielo las estrellas
son puntillas iluminadas
y por el portal rastrea
los filos de sus enaguas.

Castañuelas de flamenco,
cuello de cisne real
sobre sus manos los dedos
sueñan con el despertar.

Ya se deslizan los pasos
al son del ritmo vital,
la arena no es ocaso,
la orilla es beso de mar.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Mar

La noche está iluminada
por una luna vigilante
y luces difuminadas
de estrellas, puntos brillantes.

Sobre la arena descalza
miro mi sombra asombrada
y en el devenir de olas
hay reflejos de zafiros y plata.

Como me ha crecido
esta melena de escarcha,
sobre mi nuca un cogido
y en mi mirada tu alma.

jueves, 6 de noviembre de 2008

El color de la piel no limita capacidades

Campos sembrados de sangre
extraída de las martirizadas venas
del fiel, noble, humilde votante
que confía en la luz de las estrellas
con esperanza incuestionable.

El pueblo se despereza,
dejad que el pueblo hable,
no existe color ni raza
en capitanía de barco
que surca olas en mareas
de un pueblo esperanzado.

Dejad que sea el pueblo
quien tome el timón de historia
y que llegue a ese puerto
cambiando su trayectoria.

Deslumbran los dientes blancos
sobre la piel de azabache,
mintió quien dijo que el negro
es pariente de un primate.

La supremacía del blanco
no es aval para nadie,
la piel no es una cadena,
su color no nos limita,
tampoco él nos libera,
que al final somos víctimas
todos de nuestras promesas
cuando olvidamos palabras
canjeadas por ofensas.